Punto final
Apareció en el alféizar. Era demasiado larga para ser de paloma o gaviota. No lo dudé; la recogí y la acaricié con los dedos. Blanca en su totalidad, se sentía como seda. Al instante me vinieron a la cabeza las antiguas plumas de ganso, utilizadas para escribir en la Edad Media. Al agarrarla como un bolígrafo, me sorprendió lo bien que se amoldó a mi mano; carecía de barbas en su parte inferior y el cálamo, terminado en un pico oblicuo, lucía hueco, atravesado por un corte vertical que parecía esperar un cauce.
Sin esperar ni un minuto, abrí el cajón de mi escritorio y saqué mi viejo bote de tinta china. Mojé la pluma y, sobre mi libreta de notas, intenté escribir. Pero en el mismo instante en que la pluma tomó contacto con el papel, cobró voluntad propia. Se inició con una serie de líneas rectas y giros violentos a derecha e izquierda. A continuación, con una caligrafía envidiable que me obligó a tensar la muñeca, trazó:
«Para mí sola nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir; solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió a escribir con pluma de avestruz grosera las hazañas de mi valeroso caballero. ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista de esta peregrina historia!».
Me quedé con la boca abierta, sintiendo un escalofrío. Reconocí las palabras al instante: era el cierre de Don Quijote de la Mancha. Aquello era imposible; yo no estaba moviendo la mano. Volví a apoyar la punta, esta vez con el corazón galopando contra las costillas. No hubo preámbulos.
El cálamo se hundió en la celulosa y mi mano voló de izquierda a derecha con una elocuencia que no me pertenecía. La caligrafía cambió; ahora era afilada y elegante:
«Daremos cuenta de todo; si no, que el cielo os conserve en vuestro estado. Pues el amor no mira con los ojos, sino con el alma; por eso pintan ciego al alado Cupido. Lo demás es silencio».
Shakespeare. El final de Hamlet mezclado con sus versos más dulces. Pero antes de procesarlo, mi mano se sacudió bajo el vuelco de otra presencia. La letra se volvió ahora pequeña, nerviosa, manchando el papel con gotas de tinta:
«Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo, aún sigue posado sobre el pálido busto de Palas, justamente encima de la puerta de mi alcoba; y la luz de la lámpara proyecta su sombra en el suelo; y mi alma, del fondo de esa sombra que flota en el suelo, no podrá elevarse nunca más».
Poe. El último suspiro de El Cuervo. Mi cuarto se había convertido en un campo de batalla de fantasmas. Sentí que mi muñeca iba a quebrarse bajo el peso de aquellos trazos que no me pertenecían.
—¡Basta! —grité asustada, soltándola sobre la mesa.
Tenía tinta hasta los nudillos. Limpié la pluma con cuidado, eliminando cualquier rastro de tinta, y la condené al fondo de un cajón, bajo una montaña de papeles inútiles. No quería ser el médium de nadie; no quería que mi propia voz fuera devorada por los muertos. Agarré mi bolígrafo de plástico y regresé a mi novela.
Pasaron los meses. El progreso fue una agonía de tachones. Una tarde de otoño, la frustración terminó por quebrarme. El final de la historia no llegaba; las palabras se sentían muertas antes de nacer. Escribía un párrafo, lo leía y la hoja acababa hecha un gurruño en la papelera. Una y otra vez. Me asomé a la ventana para calmar la presión que en mis sienes comenzaba a aflorar.
Fuera, una paloma cruzó el cielo gris y el recuerdo de la pluma me asaltó como una tentación.
La saqué del cajón. Puse una hoja limpia y mojé la punta.
Al contacto con la hoja, ocurrió el milagro. No hubo espasmos ni lucha de egos. El caos de mi mente se ordenó instantáneamente. De repente, supe exactamente cómo unir cada hilo suelto de la trama. Vi la estructura perfecta, el desenlace inevitable y poderoso que había estado buscando durante meses y que siempre había estado ahí, escondido.
Esta vez, la mano era mía, pero la velocidad era desenfrenada. Escribía de un tirón, poseída por un flujo creativo tan intenso que el roce de la pluma sonaba como un látigo rasgando el papel. Las palabras brotaban resolviendo dilemas y cerrando heridas de mis personajes. Fue tal la urgencia, tal el torrente de claridad que emanaba de mi propio cerebro a través del cálamo, que la pluma llegó al borde inferior del papel y, sin darme tiempo siquiera a girar la hoja, siguió su camino sobre la madera de la mesa. Grabé las últimas palabras directamente sobre la madera del escritorio, con una autoridad que no admitía réplica.
Me quedé mirando el manuscrito, con la respiración entrecortada. Era perfecto. Era el final que yo, en mi mediocridad, nunca habría sabido parir. Me asaltó una duda atroz mientras contemplaba la mancha de tinta en la madera: ¿significaba aquello que mi obra era ahora tan grande como las de ellos, o simplemente que la pluma me había prestado la claridad para encontrar, por fin, mi propio final?
Con sumo cuidado, limpié la pluma. Sentía gratitud, así que la coloqué en el bote de mis bolígrafos favoritos, esos que nunca fallaban. Junté el manuscrito y salí de casa a toda prisa para entregárselo a mi editor.
Cuando regresé, la habitación estaba gélida. Había dejado la ventana abierta de par en par. Sobre el escritorio, el bote estaba volcado. Mis viejos bolígrafos habían rodado por el suelo, pero no había ni rastro de la pluma blanca. El alféizar estaba vacío.
La pluma se había marchado, dejándome a solas con una gloria que no terminaba de sentir como propia. Sin embargo, justo en ese momento, un pensamiento me invadió y una sonrisa lenta surcó mi cara:
—Tal vez —murmuré— solo se ha marchado buscando otra mano incapaz de encontrar el camino hacia el punto final.


Quiero que la pluma me encuentre a mí 🥹❤️
Me ha encantado esta historia, es muy sugestiva. ¿A qué lugar habrá viajado aquella pluma esta vez, esperando ser hallada y usada por un pobre artista incapaz de culminar su obra?
¿Y si la pluma misma es la que ayudó a tantos literatos, atravesando las generaciones de la historia en su búsqueda?