El imán de carne
El lugar era cálido y no tenía esquinas. Me movía con lentitud, reconociendo cada relieve de su piel en la penumbra. Busqué su mano y entrelacé mis dedos con los suyos; no había prisa, solo la certeza de que estábamos allí para protegernos. Nos acercamos hasta que nuestras respiraciones se volvieron una sola en el aire espeso. Le di un beso en la comisura de los labios, un roce tan leve que pareció imaginado. En el centro de nuestros cuerpos, una pulsación rítmica nos mantenía anclados. Era una fuerza invisible que nos obligaba a no separarnos nunca, como si nuestros vientres estuvieran soldados por un imán de carne y latidos.
De pronto, el refugio nos traicionó. El espacio se volvió rígido. Una fuerza invisible empezó a empujarnos hacia abajo, obligándonos a encajarnos en una posición que no habíamos elegido. Busqué desesperadamente su brazo, pero el entorno nos zarandeaba con violencia. Ya no había calma, solo una presión que me aplastaba los hombros. Nos dimos un último beso entre el estruendo de los latidos que ahora sonaban como tambores de guerra. El imán que nos unía por el vientre tiró con fuerza, arrastrándonos hacia una abertura estrecha. Por primera vez, el miedo sustituyó al calor, y aquel beso supo a despedida antes de que una luz blanca y helada nos partiera en dos.
El calor desapareció de golpe y el aire me quemó los pulmones cuando intenté llenarlos por primera vez. Quise volver atrás, hundirme otra vez en la oscuridad donde todo era lento y seguro, pero unas manos enormes me levantaron y el mundo se llenó de sonidos que no entendía.
Lloré.
No sabía por qué, solo sabía que algo faltaba. El imán que me había sostenido desde siempre ya no tiraba de mi vientre. La corriente que nos unía se había roto.
Entre el ruido y las voces, giré la cabeza con torpeza, buscando a ciegas aquello que mi cuerpo recordaba mejor que mi mente. Entonces lo escuché.
Otro llanto.
No era igual al mío, pero lo reconocí de inmediato, como se reconoce un latido propio en mitad del silencio. Venía de algún lugar cercano, más allá de las manos que nos separaban, más allá de la luz que me obligaba a cerrar los ojos.
En cuanto nos colocaron uno junto al otro, ocurrió algo curioso. El imán volvió. No en el vientre, como antes; esta vez estaba en otro sitio. Mi mano, que no sabía hacer gran cosa todavía, se abrió por pura casualidad… y atrapó su dedo.
Al instante, su llanto se detuvo. El mío también. Nos quedamos así, muy quietos, agarrados.
—Mis amores —dijo una voz extrañamente familiar.
Y aunque no entendía el mundo, ni la luz, ni el frío, de repente me sentí segura. Tuve la certeza de que mientras no soltara ese dedo, todo volvería a estar en su sitio.
Y por cómo lo apretaba él… diría que estaba pensando exactamente lo mismo.



Que bonito Lia,que tierno y que hermoso es el mundo en tus textos y la forma que lo describes.
que preciosidad 🥹🥹🤍