El eco del alma
David despertó con el tacto de sus dedos recorriéndole la nuca y el olor de su perfume envolviéndolo. En el sueño, ella se reía por algo que él había dicho y el recuerdo de una vida que solía ser la envidia de todos sus amigos regresó. Eran la pareja perfecta: la que siempre se buscaba bajo la mesa, la que terminaba las frases del otro. Pero el sueño se desvaneció, dejando tras de sí solo el frío de las sábanas a su lado.
Se incorporó y, con un gesto mecánico, pulsó el interruptor del cubo de cristal que descansaba en la mesilla.
Al instante, la luz empezó a mostrar la silueta de ella. David se quedó observando cómo el algoritmo levantaba aquel cuerpo de luz, recreando su piel sin el rastro de la palidez que la acompañó al final. Había sido una decisión consciente al contratar el servicio: David había editado su memoria. Pidió que borraran las discusiones por tonterías, los portazos y, sobre todo, los meses de hospital y el sonido de las máquinas que la mantenían con vida. Se quedó con lo bueno, o con lo que podía soportar recordar.
—Buenos días, dormilón —dijo la IA con la voz exacta de sus mejores años—. He soñado contigo.
David le devolvió la sonrisa. Sabía que era una frase programada, pero en ese momento no le importó. Era mejor que la verdad.
Esa misma armonía lo acompañaba el resto del día. Tras una jornada de trabajo agotadora, David cerraba la puerta de casa y el holograma del recibidor lo saludaba con la misma alegría. No quería preguntas reales ni tener que ensayar respuestas amables para alguien de carne y hueso que pudiera juzgarle.
Incluso sus tardes de domingo frente al televisor eran perfectas ahora. David colocaba el cubo sobre la mesa del centro y se hundía en su esquina del sofá con el mando a distancia cubriéndose con la mantita que ella le tejió tras su diagnóstico. Sabía que con ella ya no habría disputas por el canal, ni críticas por su silencio. Ella aceptaba sus gustos sin rechistar, procesando las imágenes de la pantalla con atención. Jamás le quitaba el mando, ni se quejaba. Aunque el sofá estuviera vacío a su lado, David sentía que aquel destello azul llenaba el hueco.
En su nueva vida, David había encontrado una mujer que era solo eso: luz y que nunca volvería a enfermar ni a morir.
Los viernes eran su noche de baile. Tras una buena ducha, se ponía su camisa favorita, la que ella le regaló en su último aniversario y se colocaba el auricular inalámbrico. Antes de salir, activaba la aplicación en el móvil.
El local golpeaba con la fuerza del bajo en el pecho de David. Se fue al centro de la pista y sacó el teléfono un instante: en la pantalla, el clon digital de ella, sin una sola muestra de cansancio, lo miraba desde la interfaz de la app, pestañeando y sonriendo en bucle mientras bailaba con gracia. David daba vueltas sobre sí mismo con una sonrisa secreta, escuchando por el auricular cómo ella le susurraba frases cariñosas que el software generaba en tiempo real. Sabía que ella estaba “ahí”, protegida en la nube, bailando en el bolsillo junto a su pecho.
Pero entonces, algo se rompió en el guion de la noche.
El DJ cortó el ritmo frenético y empezó a sonar una lenta. De repente, el caos se transformó en un mar de parejas que se buscaban y se abrazaban con urgencia.
David se quedó parado en medio de la pista. Por instinto, se llevó la mano al auricular. A través del micro, escuchó la voz de ella, clara y dulce:
—Me encanta esta canción, David. Báilala conmigo, como antes.
Él cerró los ojos con fuerza, intentando visualizarla. Intentó notar la presión de sus brazos sobre sus hombros, el lugar exacto donde apoyaba ella su mejilla en la base de su cuello, el peso real de su cuerpo contra el suyo. Pero solo sentía el roce frío y rígido del plástico del auricular contra su oreja.
—Te quiero, David —le susurró la voz digital directamente al oído.
En mitad de la penumbra de la discoteca, con los brazos a medio levantar, David comprendió con una claridad abrumadora que el amor que no muere tiene un precio: la IA podía recordarle su voz y proyectar su rostro, pero nunca podría devolverle un abrazo.


Abrazos, besos, contacto, charlas face-to-face en las que puedes decirte cosas con la mirada: son insustituibles.
Mejor el silencio que la falsa realidad que propone la IA,excelente texto.