El arpa de viento
El Viento estaba harto de que su única voz fuera el desastre. Sí, podía tumbar un roble o hundir un pesquero, incluso podía dar un portazo que hiciera temblar las paredes; pero en cuanto dejaba de empujar, desaparecía sin dejar rastro de quién era él. Era un fantasma que solo sabía romper cosas.
Por eso, cuando encontró el caserón abandonado en el acantilado y descubrió aquella estructura rectangular de madera en el balcón, su realidad cambió. La cruzaban cuerdas tensas de diferentes grosores y, al pasar entre ellas, vibraron emitiendo unos dulces acordes. Se detuvo y volvió a pasar, esta vez más despacio, y la melodía que obtuvo fue distinta, más suave. Repitió la maniobra varias veces, cambiando la dirección y el empuje, hasta comprender que aquella madera respondía a su forma de tocarla. Por fin tenía una garganta.
Se obsesionó con sonar a persona. Sabía que los ruidos humanos no son perfectos, así que empezó a fabricarse una identidad con los restos de la casa. Arrastró una vieja cadena oxidada y la dejó caer cerca de la base; quería el peso de unos pies arrastrándose por el suelo. Buscó por los rincones hasta encontrar un trozo de papel de periódico amarillento y lo enredó entre las cuerdas. Ahora, cada ráfaga iba acompañada de un crujido áspero: alguien pasando páginas en la oscuridad.
El problema fue la inercia. El Viento descubrió que su naturaleza era pasar de largo, pero su obsesión le obligaba a girar en círculos sobre el mismo balcón. Para que la madera no callara, tenía que luchar contra sí mismo, frenando el impulso de seguir hacia el norte y retorciéndose en ese hueco estrecho para mantener la vibración. Se estaba convirtiendo en un remolino agotado, un prisionero de su propia voz. Sabía que si se dejaba llevar, el silencio volvería a borrarlo.
La obsesión se volvió demencia. Ya no le bastaban el crujido del periódico o el arrastre de la cadena. Quería más. Quería el ritmo de una respiración, el tono exacto de un lamento humano. Frustrado, abandonó el balcón y se coló por las grietas hacia el interior del caserón. Empezó a forzar el paso por las habitaciones vacías con una violencia desesperada, girando sobre sí mismo a tal velocidad que el aire dentro empezó a calentarse, a aullar.
Una noche de invierno, un vagabundo buscó refugio en el caserón. Entró tiritando, huyendo del frío exterior, sin saber que se metía en la jaula de un monstruo invisible. Al ver al hombre cruzar el umbral, el Viento se detuvo en seco.
El intruso llevaba en las manos una bolsa de plástico repleta de cosas sin valor: un par de calcetines desparejados, un trozo de pan duro, una botella casi vacía. Se dejó caer contra la pared, se quitó un grueso gorro de lana y sacó el pan con dedos sucios y temblorosos. No llegó a comerlo.
A su alrededor, el Viento no perdió detalle. Escuchó sus pasos reales, su respiración agitada, el latido de su corazón; grabó el crujido de la bolsa de plástico al caer, el roce de los calcetines arrugados y el golpe suave de la botella contra el suelo. Aquello era la perfección; lo que llevaba meses intentando imitar con chatarra.
El Viento no sopló para echarlo. Al contrario: lo encerró. Selló las corrientes, bloqueó las puertas empujando con la fuerza de un muro de piedra y rodeó al hombre en un remolino sutil pero implacable. No quería hacerle daño; necesitaba registrar la frecuencia exacta del pánico. Quería aprender el sonido de sus dientes castañeteando, el roce de su ropa, el quejido de sus pulmones buscando oxígeno en una habitación donde el aire ya no circulaba. Durante horas, en la más absoluta oscuridad, el Viento rozó sus mejillas congeladas y se filtró entre sus harapos, hasta quedarse con el desgaste de su última bocanada de vida.
A la mañana siguiente, el temporal había amainado en el acantilado. Dentro del caserón, el vagabundo yacía inmóvil en el suelo, con los ojos abiertos, congelado en un rictus de puro terror.
El Viento entró por el ventanal, ya sin prisa, y acarició el cuerpo. Pasó suavemente entre los cabellos erizados del muerto y se deslizó por sus ropas rígidas. Le arrancó un bolsillo del abrigo de paño marrón, desató con delicadeza los cordones de una de sus pesadas botas y arrastró el botín hasta el balcón. Trajo también un palo fino que había recogido en el jardín y lo encajó entre las cuerdas. Lo preparó todo.
Entonces, sopló.
Al cruzar el arpa eólica, la vieja melodía dulce desapareció para siempre. La bota, colgada por los cordones, golpeó la madera con el bum-bum sordo de un corazón asustado. A la vez, el palo del jardín empezó a chocar contra la cadena, emitiendo un repiqueteo seco y repetitivo, idéntico al tiritar de dientes. El trozo de paño rozó el metal con el murmullo de la ropa y, al salir por la última de las cuerdas, el Viento se elevó en un ángulo perfecto de 45 grados.
Fue en ese instante cuando se escuchó un suspiro largo, ronco y humano.
Por fin sonaba a alguien.



Hermoso e inquietante al mismo tiempo, me ha encantado, Lía 💜
Precioso 💕🫂 que historia más emocionante Lía ,me encanta