De plástico negro
Inventario Olvidados
De plástico negro, con una zona de presión en el centro. Pesaba lo justo para saber que era de calidad. No tenía llave metálica; era de esos de arranque por proximidad.
Aquel mando apareció en una de las papeleras a la salida de los cines. Marta me lo trajo a última hora de la tarde y, en cuanto lo vi sobre mi mostrador, el corazón me dio un vuelco. Tuve que vender mi viejo Ford cuando me quedé en el paro; entre el seguro y la gasolina, me estaba comiendo vivo. Verme a pie, a mi edad, era un golpe de realidad muy duro. Por eso, al ver aquel mando, no pude evitar imaginarme conduciendo un coche de nuevo.
Al terminar el turno, salí a la calle con el mando apretado en el bolsillo, expectante y emocionado a partes iguales. Me alejé de la entrada principal hacia el parking, apunté al aire y apreté el botón de apertura. Tardé un rato en encontrar el sitio exacto en el que el mando por fin funcionó, justo cuando comenzaba a darme por vencido.
¡Bip-bip!
Mi corazón dio un salto, pero no se encendieron los faros de ningún Mercedes. El sonido procedía de una hilera perpendicular a una de las salidas. ¿Una moto? La verdad es que no me hubiera importado; de joven tuve la oportunidad de conducir algunas de las de mis colegas.
Pero no. Lo que parpadeó fue un patinete eléctrico enorme, un bicho todoterreno con luces LED, aparcado justo al lado de una preciosa BMW que no me habría importado probar.
Al acercarme, me vi reflejado en la cristalera del Centro Comercial y casi solté el mando del susto. El reflejo me devolvía la imagen de un chaval de unos dieciséis años, con la cara sembrada de granos rojos y un flequillo grasiento que le tapaba media frente.
Llevaba los pantalones tan bajos que se le veía medio calzoncillo y una sudadera tres tallas más grande. De repente, reconocí el olor que me había estado persiguiendo desde que salí por la puerta: olía a gusanitos. Nunca me gustaron y nunca entendí por qué a todos mis amigos les encantaban, pero este crío parecía usarlos de colonia. Se me revolvió un poco el estómago.
—¡Eh, tronco! ¡Pensaba que te habías pirado sin mí!
Un chaval con la cara aún peor que la mía y los pantalones por las rodillas se me plantó al lado. Me soltó un bofetón en la espalda que casi me saca un pulmón. Sin mediar saludo, empezó a largar su drama: que si su viejo le había liado una buena, que si las notas eran una mierda... Estaba fuera de sí, gritando que se quedaría sin móvil.
—Hola, ¿eh? —le escupí.
Arqueó las cejas en mi dirección, pero no contestó.
—¡Venga, sube! —me urgió—. ¡Hemos quedado con la Vane y ya vamos tarde!
Lo miré sacudiendo brevemente la cabeza, pero luego mis ojos se volvieron hacia aquel pedazo patinete y pensé:
«¡Qué demonios! Una nueva aventura».
“Don Educado” se subió detrás de mí, agarrándome por la cintura. Yo no me había subido a un patinete en mi vida, y allí estaba: atrapado en el cuerpo de un crío, con un adolescente pesado contándome sus dramas familiares y teniendo que conducir un aparato que tenía pinta de correr más que mi antiguo coche.
—Venga, dale gas, ¡que no tenemos toda la noche! —me gritó el grano-andante al oído.
Apreté el botón y el bicho dio un pitido. Empecé a juguetear con el manillar —tenía más mandos que mi antigua Nintendo— hasta que, con un golpe de muñeca, el patinete pegó un tirón que por poco nos manda a los dos de cabeza contra el asfalto. El chaval de atrás soltó una carcajada que sonó a gallo afónico y me apretó más fuerte.
—¡Wow, Dani, vas en llamas! —gritó emocionado.
Dani. Así que ese era mi nombre ahora. Aflojé la muñeca y comencé a hacer mil maniobras para salir de allí sin tirar las filas de motos aparcadas a ambos lados. Tardé solo unos minutos en hacerme con él.
Empecé a zigzaguear por la acera. La sensación era increíble.
Mis reflejos de cincuenta y siete años habrían tardado un siglo en reaccionar, pero el cuerpo de Dani era puro nervio; esquivé un carrito de bebé y a un jubilado con agilidad. Por dentro, Julián gritaba: «¡Cuidado con el bordillo!», pero por fuera, mis manos movían el manillar con precisión.
Llegamos a una plaza de cemento iluminada por una farola parpadeante. Allí estaba ella. La Vane. Llevaba unos aros dorados del tamaño de donuts y mascaba un chicle con tal energía que parecía que se estaba peleando con él. Al vernos llegar, se cruzó de brazos y nos lanzó una mirada indignada.
—Media hora, Dani. Media hora llevo aquí como una pringada —soltó—. ¿Qué pasa, que el patinete no corre o que te has quedado empanado mirando a alguna niñata?
Mi “colega” se bajó del patinete de un salto, dejándome solo ante el peligro. Yo me quedé allí, subido a las dos ruedas, sintiendo cómo el sudor adolescente me perlaba la frente bajo el flequillo grasiento. Tenía que decir algo, pero mi boca solo emitió un sonido gutural.
—Es que... el viejo... —logré articular, imitando el tono de queja que le había oído a mi amigo.
—Déjate de rollos. Tienes que ir a buscar a mi amiga al insti, te está esperando —me cortó ella, acercándose tanto que pude oler su perfume dulzón a fresa artificial—. ¡Vuela! Hace rato que te espera. Y te lo advierto: ni se te ocurra ser tú mismo, no le gustan los raros.
Me quedé helado. Vaya encanto de niña. Al final, este Dani y yo nos parecíamos después de todo. No en los granos ni en el pantalón por las rodillas, pero yo siempre pequé de «raro». Un rasgo que con los años no desapareció, sino que evolucionó hacia mi carácter actual: solitario y un poco cínico. Esperaba que, al menos, él se sintiera tan orgulloso de ser así como siempre me había sentido yo.
Al arrancar, se me olvidó por completo mi nueva misión. Empecé a serpentear entre gente y coches a toda velocidad. Cada esquina que doblaba era una invitación a nuevos desafíos: una alcantarilla a medio cerrar, un bordillo demasiado alto, un grupito de amigos que sortear. La calle era ahora mi Dakar y yo era Carlos Sainz.
De pronto, la pantalla central del monitor se iluminó. Tenía GPS. Mostraba un destino y, sin pensarlo, seguí la ruta indicada. No reconocía las calles por las que pasaba. ¿Sería un rodeo al instituto? No lo sabía, pero no me importaba. Hacía muchos años que no me lo pasaba tan bien.
Cuál fue mi sorpresa cuando me di cuenta de que nos alejábamos del centro y llegábamos a una estación de autobuses. Otro chico me esperaba. Parecía un clon del anterior, aunque este era claramente más educado; lo primero que hizo fue saludarme con una gran sonrisa. Llevaba dos bolsas de deporte. Pensé que habíamos ido a recogerle, pero nada más lejos de la realidad. En cuanto detuve el patinete, me entregó una de las bolsas y un billete.
¿Nos íbamos? ¿Y la chica del instituto? No sé por qué, de pronto me acordé de ella.
Lo que sí tuve claro fue que yo no pensaba marcharme a ningún lado. Reconozco que me dio pena que mi pequeña aventura llegara a su fin, pero en cuanto el chico se dio la vuelta y empezó a caminar, le eché una última mirada al patinete, saqué el mando del bolsillo de mi chaqueta y lo dejé caer.
Con resignación, aparecí en el pasillo de mi casa. La adrenalina de la noche me dejó tan exhausto que dormí del tirón, sin necesidad de diazepam.
Pero la calma terminó al día siguiente. Al pasar frente a uno de los restaurantes del centro comercial, algo en la pantalla de la televisión me heló la sangre. Allí estaban ellos: “Don Educado” y la Vane. Ella, con los ojos hinchados de tanto llorar, explicaba a la prensa que su amigo Dani llevaba una semana desaparecido y que no tenían ni una sola pista de su paradero.
Sentí que las piernas se me borraban. El aire dejó de llegar a mis pulmones.
«¿Dani? ¿Una semana? ¿Qué demonios…?»


Hola, LIA. Qué relato tan original y envolvente, juega de forma muy potente con la identidad, la nostalgia y el desconcierto de vivir otra vida. Deja una imagen muy viva y difícil de olvidar. Muchísimas gracias por compartir.
Buenísimo. Eres una excelente narradora de historias.